Primero fue el asombro, luego el emprendimiento

Federico Calaroto, creador de Hongos Argentinos

Federico Calaroto, creador de Hongos Argentinos, repasa sus 15 años de recorrido entre el cultivo, la ciencia y la búsqueda de bienestar.

Federico Calaroto es cultivador e investigador de hongos comestibles y medicinales, con alrededor de 15 años de experiencia. Creador de Hongos Argentinos —proyecto anteriormente conocido como Fungilovers—, se ha especializado particularmente en el cultivo de Cordyceps militaris. Su vínculo con el reino fungi nació mucho antes de convertirse en un emprendimiento: una experiencia personal con hongos enteógenos despertó su curiosidad y lo impulsó a aprender a cultivarlos en una época en la que acceder a información era todo un desafío.

A fuerza de experimentación, errores y perseverancia, fue ampliando sus conocimientos hacia especies medicinales como el reishi, vinculando progresivamente cultivo, ciencia y bienestar. Con los años, aquel recorrido principalmente autodidacta se profesionalizó: incorporó técnicas de laboratorio, diseño de salas y equipamiento, y actualmente también se desempeña como formador en micología aplicada, compartiendo los conocimientos construidos durante más de una década de trabajo.

La entrevista: El arte de contemplar y cultivar

Si pudieras volver al Federico de diez años, ¿qué lo encontraríamos haciendo? ¿Había algo en ese chico curioso que hoy siga vivo en el emprendedor que sos?

Creo que lo encontraríamos haciendo algo bastante parecido a lo que hago estos días: imaginando poleas, construyendo cosas, jugando con mecanismos. A los diez años me gustaba un poco la electrónica. Me encantaban esas revistas con las que uno aprendía a soldar estaño y a hacer esas cosas de chico, simples pero lindas. Y sí, totalmente había algo de ese chico. Creo que todo lo que tengo de emprendedor y de curioso viene de ahí. Es algo que se salvó de ese niño y que para mí es un tesoro.

De chicos solemos pasar horas observando la naturaleza sin buscar un resultado. ¿Sentís que esa capacidad de asombro fue el primer paso, sin saberlo, hacia el camino que elegiste?

Totalmente. De chicos podemos estar observando, contemplando, y solamente con eso ser felices. Me parece que esa capacidad es fundamental para descubrir qué queremos, quiénes somos o qué queremos hacer con lo que tenemos alrededor. Es indispensable conservar la capacidad de asombrarse y de contemplar. Si no existen momentos de quietud, no hay forma de asombrarse. Para mí, observar y poder sorprenderse siguen siendo claves para realizar cosas durante toda la vida.

Si alguien te hubiera dicho cuando eras niño que un día ibas a dedicar tu vida a cultivar hongos para mejorar el bienestar de las personas, ¿lo habrías creído?

No, no hubiese entendido absolutamente nada. Probablemente hasta me habría parecido aburrido. Incluso hoy sigue habiendo mucha incredulidad y mucho desconocimiento alrededor del mundo de los hongos. Más allá de que pueda existir cierta moda, sigue siendo un universo al que no siempre es fácil acceder. La gran mayoría de las personas todavía no entiende del todo qué es lo que hago.

Muchas veces un emprendimiento nace mucho antes que la empresa. ¿En qué momento sentís que empezó realmente esta historia: cuando cultivaste el primer hongo o cuando descubriste que la naturaleza tenía respuestas que valía la pena compartir?

El gran clic fue la primera vez que consumí hongos enteógenos. Tuve una experiencia preciosa que me llevó a pensar de otra manera en los seres, en la naturaleza y, especialmente, en los hongos. Empecé a verlos como maestros, como una forma de vida que me apasionaba, y enseguida quise aprender a cultivarlos. En aquella época prácticamente no había información disponible, así que me costó muchísimo. Empecé a meterle energía sin tener idea de hasta dónde podía llegar todo aquello.

Recién seis o siete años después empecé a probar con otros hongos. Y con el reishi tuve otro gran clic, sobre todo cuando empecé a consumirlo. Ahí volví a sentir que cada hongo es como un maestro: cada uno tiene algo diferente, una forma de conectar con la persona, algo para ofrecer. Me fascinó. Después apareció también todo lo relacionado con sus compuestos bioactivos, los estudios en curso y el creciente interés de la ciencia.

Llevás más de quince años recorriendo este camino. Mirando hacia atrás, ¿qué fue lo más difícil de sostener: el proyecto, la paciencia o la convicción cuando casi nadie hablaba de adaptógenos?

Creo que lo más difícil fue soportar la cantidad de veces que tuve que tirar cosas y empezar nuevamente. El mundo de los hongos puede ser bastante hermético y está lleno de detalles. Se necesita muchísima paciencia. Pero también creo que ahí aparece la convicción. Cuando algo te nace natural y lo hacés porque realmente te gusta, insistís mucho más. Es más fácil encontrar esa energía extra y darlo todo. Tuve muchísimos errores, caídas y pérdidas. Durante mucho tiempo tampoco tenía un norte claro ni sabía hacia dónde iba todo esto. Pero seguía haciendo, con muchísima pasión, aquello que más me gustaba. Así fui encontrando mi nicho, incluso sin saber al principio cuál era exactamente mi lugar.

Los hongos enseñan que lo más importante sucede bajo la superficie, donde casi nadie mira. ¿Sentís que el emprendedor también crece de esa manera, en silencio, antes de que aparezcan los resultados?

Sí, totalmente. El emprendedor también crece como el hongo: por dentro. La procesión va por dentro. Me parece que estos trabajos se forjan a partir de la actitud que uno desarrolla cuando intenta hacer lo que ama. Eso te va formando, te obliga a desarrollar virtudes, a resistir, a soportar y a seguir adelante aun cuando todavía no aparecen los resultados.

Hoy muchas personas conocen tus extractos, pero detrás de ellos hubo años de aprendizaje. ¿Qué oficios tuviste que incorporar para convertir una pasión en un proyecto de vida?

Incorporé varios oficios, en gran medida porque me gusta hacerlo. El mundo de los hongos es enorme y tiene muchísimas “ventanitas”. Hay gente que se especializa en una sola cosa, pero a mí me interesó recorrer distintas posibilidades para descubrir qué me gustaba más y qué capacidades podía desarrollar. Me gusta mucho construir máquinas para la parte de granja. Me interesa la herrería, aunque no soy herrero; sueldo y diría que soy un soldador bastante zafable. También me apasiona la parte de laboratorio y sigo aprendiendo prácticas nuevas. Me gustan esas tareas más finas: controlar los parámetros de cultivo, diseñar y construir las salas, resolver problemas. De alguna manera también me fui convirtiendo en constructor. Es el camino que a mí me gustó recorrer, aunque no significa que necesariamente todos tengan que hacerlo de esa manera.

Emprender también es aprender a equivocarse. ¿Hay algún error que hoy agradezcas porque terminó marcando un antes y un después?

Más que un único error, hubo muchísimos. Muchas veces tuve que tirar cultivos, perder trabajo y volver a empezar. Hubo momentos en los que me caí, perdí cosas y ni siquiera sabía muy bien hacia dónde iba. Con el tiempo entendí que esos errores también eran parte del aprendizaje. En un mundo con tantos detalles como el de los hongos, equivocarse te obliga a observar, aprender, tener paciencia y volver a intentarlo. Si no te gusta realmente lo que hacés, probablemente abandonás. En mi caso, la pasión hizo que siguiera.

Tu trabajo une ciencia, naturaleza y bienestar. ¿En qué momento entendiste que esas tres cosas no estaban separadas, sino que podían formar parte de un mismo propósito?

Creo que lo entendí cuando sentí los efectos en mi propio cuerpo. Ahí fue cuando cerró el ciclo, cuando todo aquello llegó a la vida cotidiana y apareció concretamente el bienestar. En ese momento entendí que ciencia, naturaleza y bienestar no tenían por qué ser cosas separadas, sino partes de algo mismo.

En un mundo donde todo parece buscar velocidad, vos trabajás con organismos que enseñan paciencia y procesos. ¿Qué te enseñaron los hongos sobre los tiempos de la vida?

Los hongos me enseñaron que el tiempo de la vida es demasiado preciado como para no dedicarlo a hacer lo que uno ama. Y también me enseñaron los ciclos. Todo son ciclos, y es importante entender que cada ciclo necesita determinadas cosas y tiene sus propios tiempos. No todo puede acelerarse. Hay momentos y procesos que necesitan aquello que necesitan.

Hay quienes hablan de sustentabilidad como una estrategia. En tu caso parece ser una forma de pensar. ¿Qué significa para vos producir respetando los ciclos de la naturaleza?

Para mí es una forma de pensar. Imagino que, si trabajo buscando un bien mayor, es más fácil que las cosas también funcionen bien. La naturaleza, de alguna manera, hace las cosas así. Entiendo la sustentabilidad como tratar de hacer las cosas de una forma lo más natural posible y respetar esos ciclos. Por ejemplo, si puedo reutilizar materiales y tengo un amigo chatarrero que me permite aprovechar determinados recursos, lo hago. Tampoco creo que todos tengamos que hacer todo perfectamente. Yo mismo seguramente tengo aspectos en los que podría ser mucho más sustentable. Pero creo que cada uno puede incorporarlo desde su lugar, allí donde realmente le nace hacerlo.

¿Sentís que un emprendimiento puede generar bienestar no solo por el producto que vende, sino también por la manera en que se relaciona con el ambiente y con las personas?

Totalmente. Para mí tiene que ver con la amabilidad con la que uno construye cualquier negocio o proyecto. Es como buscar la suavidad necesaria para crear algo que también genere la misma comodidad que uno quiere para su propia vida. Creo que uno debería intentar hacer para los demás aquello que desea para sí mismo. Buscar esa coherencia, o al menos acercarse todo lo posible a ella.

Muchos emprendedores dicen que buscan independencia económica. ¿Vos encontraste algo más profundo, una forma de libertad ligada a vivir de acuerdo con tus valores?

Completamente. Para mí vuelve a aparecer la palabra coherencia. Incluso por una cuestión de salud, creo que tenemos que intentar ser coherentes con lo que buscamos, soñamos, hacemos y decimos. Vivimos en una sociedad atravesada por la velocidad, el consumo y lo descartable. Poder recuperar cierta coherencia entre nuestros valores y nuestros actos puede devolvernos algo importante. Me lo imagino de una manera circular. La libertad, para mí, tiene mucho que ver con tratar de hacer aquello que realmente quiero. También reconozco que para poder elegir hacen falta oportunidades. Tengo la suerte de haber tenido educación, techo, familia y lo básico para poder darme el gusto de intentar que aquello que yo quiero hacer también pueda ser bueno para los demás. Creo que la libertad real está asociada a los buenos sueños que tenemos.

Después de tantos años, ¿qué te sigue emocionando cuando entrás al laboratorio o al lugar donde cultivás? ¿Todavía hay algo que te sorprende como el primer día?

Sí. Me sigue emocionando cuando crecen los hongos, cuando veo crecer una placa de Petri o cuando encuentro una solución para algún problema de la parte productiva o de las máquinas. Todos los días me emociona tener que adaptarme a nuevos desafíos. Incluso me gusta un poco esa adrenalina de tener que mejorar las cosas permanentemente. Con el tiempo, eso también termina convirtiéndose en una forma de vivir.

Si tuvieras que dejarle un mensaje a ese chico que un día soñó con construir algo propio, o a cualquier joven que hoy está buscando su camino, ¿qué le dirías para que se anime a emprender sin perder el vínculo con la naturaleza, el bienestar y sus propias convicciones?

Que siga su corazón. Y no lo digo como un mensaje romántico. Creo que el corazón siempre sabe más que la cabeza.

Del asombro a la coherencia: el verdadero éxito de un proyecto

Escuchar a Federico deja una certeza retumbando en el aire: emprender no es armar un negocio, es animarse a habitar el mundo con la mirada despierta. En un momento donde todo nos lleva a la prisa, a los resultados inmediatos y al éxito de vitrina, su historia demuestra que las ideas más potentes son las que se cuidan en silencio, abajo de la superficie, echando raíces fuertes antes de mostrarse.

El universo de los hongos enseña exactamente eso: no hay fruto sin proceso, ni propósito sin paciencia. Cuando emprendés desde el asombro y el respeto por tus propios tiempos, dejás de perseguir métricas ajenas y empezás a construir algo verdaderamente sostenible. El éxito no es llegar rápido; es mantener la curiosidad viva en el camino y tener la valentía de alinear lo que hacés con lo que sos.

Si estás pensando en lanzarte a crear algo propio, no esperes a tener todas las respuestas ni el escenario perfecto. Empezá por rescatar esa capacidad de observar y preguntarte qué podés aportar. Al final del día, el mejor proyecto no es el que más factura en tiempo récord, sino el que nace con el fuego de una convicción y transforma tu realidad —y la de los demás— desde la más pura coherencia.

Por Lic. Matías Avecilla

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *