¿Superiores a quién?

A river otter enjoying a meal with a detailed close-up of its wet fur and sharp features.

Hay una pregunta que no deja de perseguirme, cada vez que veo a un animal golpeado; cada vez que veo a una persona reírse de su sufrimiento; cada vez que veo a decenas de testigos observando sin intervenir… la misma pregunta vuelve una y otra vez:

¿Superiores a quién?

Porque nos enseñaron que somos la especie más inteligente, la más evolucionada, la más consciente.

Pero cuando un ser indefenso tiembla de miedo frente a nuestra violencia, cuando sus gritos no alcanzan para detener una mano que lastima, cuando su dolor se convierte en un espectáculo para algunos y en una molestia para otros, esa supuesta superioridad pierde todo sentido.

Tal vez una especie no se define por lo que es capaz de construir.

Tal vez se define por aquello que es incapaz de destruir.

Y si todavía somos capaces de ejercer violencia sobre quienes no pueden defenderse, o de permanecer inmóviles mientras otros lo hacen, quizás la pregunta no sea ¿por qué los animales necesitan más protección?

Quizás la verdadera pregunta sea ¿cuánto de humanidad nos queda a nosotros?.

Lo verdaderamente aterrador no es que existan personas capaces de lastimar animales.

Lo verdaderamente aterrador es que todavía existan personas capaces de presenciarlo sin sentir la obligación moral de detenerlo.

Porque los animales son los más vulnerables entre los vulnerables.

No tienen voz.

No tienen defensa.

No tienen justicia propia.

Solo nos tienen a nosotros.

Y cuando nosotros fallamos, quedan solos frente a la peor versión de la humanidad.

Tal vez por eso la violencia contra los animales revela algo mucho más profundo que el daño a una víctima indefensa.

Revela quiénes somos cuando nadie nos obliga a actuar.

Revela cuánto vale nuestra compasión.

Y revela hasta qué punto hemos normalizado el horror.

Pero también deja al descubierto una pregunta mucho más incómoda:

¿En qué momento decidimos que somos una especie superior?

¿Quién nos otorgó el derecho de creer que porque podemos dominar, también podemos someter?

Compartimos el mismo planeta, respiramos el mismo aire, dependemos de la misma naturaleza para existir. Sin embargo, actuamos como si todo lo que no fuera humano hubiera sido puesto aquí para nuestro uso, nuestra comodidad o nuestro entretenimiento.

Hablamos de evolución, de inteligencia y de progreso.

Pero una especie verdaderamente evolucionada no disfruta del sufrimiento del más débil.

Una especie verdaderamente inteligente aprende a convivir.

Aprende a respetar.

Aprende a proteger.

Porque la grandeza no está en tener poder sobre otros seres vivos.

La grandeza está en elegir no usar ese poder para dañarlos.

Y quizás ahí esté nuestra mayor contradicción.

Somos capaces de llegar a otros planetas, pero muchas veces somos incapaces de convivir con las otras especies que habitan este.

Somos capaces de construir ciudades gigantescas, pero no de respetar la vida que existía antes de que las construyéramos.

Somos capaces de hablar de amor, empatía y derechos, mientras ignoramos los gritos de quienes no pueden pronunciar una sola palabra.

Y tal vez lo más doloroso de todo sea que los animales no conocen la maldad.

No golpean por placer.

No humillan por diversión.

No torturan para sentirse poderosos.

No organizan espectáculos alrededor del sufrimiento ajeno.

Esa es una creación exclusivamente humana.

Por eso resulta tan difícil comprender cómo la especie que se atribuye la inteligencia, la conciencia y la superioridad moral puede ser, al mismo tiempo, capaz de semejante crueldad.

Tal vez el problema nunca fue la falta de inteligencia.

Tal vez fue la falta de humildad.

La arrogancia de creernos dueños de la naturaleza en lugar de parte de ella.

La arrogancia de creer que tener poder sobre otra vida nos da derecho sobre ella.

Porque ningún ser vivo vino al mundo para sufrir a manos nuestras.

Y ninguna especie que se considere superior debería necesitar demostrarlo a través de la violencia.

La verdadera superioridad no está en dominar.

Está en proteger.

No está en imponer miedo.

Está en ofrecer seguridad.

No está en tener el poder de destruir.

Está en elegir no hacerlo.

El día que entendamos que compartir el planeta implica respetar a quienes lo habitan con nosotros, habremos dado un paso enorme.

Hasta entonces, la pregunta seguirá siendo incómoda.

¿En que momento nos acostumbramos tanto al sufrimiento que pudimos convertirlo en paisaje?

Y si las especies que habitan el planeta siguen temiéndonos, en lugar de encontrar refugio en nosotros, quizás la pregunta ya no sea ¿somos la especie superior?

Quizás la pregunta sea ¿ESTAMOS SIENDO LA ESPECIE QUE ELLOS MERECEN?

Dra. Quintero Lopez Gisela

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