En funciones de control, compliance o gestión de personas, el respeto no siempre está garantizado.
A veces hay que poner límites donde el marco institucional debería haberlos puesto antes.
Con el tiempo aprendí que no todos los límites se anuncian.
Algunos se trazan en silencio, hacia adentro, cuando una decide no cruzarse a sí misma para “encajar”.
El abuso de poder rara vez empieza con grandes gestos.
Suele aparecer en lo mínimo: el tono, la descalificación, el silencio del entorno, Y ahí se juega algo esencial: la integridad.
El silencio de quienes presencian una falta de respeto, es más dañino que la acción misma. Avalar con silencio no es neutralidad, es complicidad.
En ambientes laborales, la inacción real (aquella que nace y muere en un discurso) refuerza patrones de violencia inaceptables.
Comparto una reflexión personal sobre límites, coherencia y valores en contextos laborales.🌟
LA LUZ EN LA RAÍZ
Hay una luz subterránea,
no busca ser vista, es la que en silencio me mantiene en mi sitio.
Hoy fue un día duro, como tantos otros. No por el trabajo en sí, sino porque, una vez más, tuve que poner límites donde el respeto debería haber estado dado.
No fue la primera vez, ni en este lugar. En distintos trabajos, en distintos contextos, la escena se repite con variaciones mínimas: explicar lo básico, marcar lo obvio, sostener la dignidad frente a quien cree que el poder habilita el maltrato.
No todo límite se anuncia.
Algunos se trazan en silencio, hacia adentro, cuando una decide no cruzarse a sí misma.
He aprendido —no sin costo— que el respeto no siempre llega desde afuera. A veces no llega nunca.
Y entonces aparece la pregunta esencial: ¿qué hago yo con eso? ¿Me achico para encajar o me sostengo para no perderme?
Marco Aurelio escribió que la dignidad del ser humano reside en su capacidad de gobernarse a sí mismo.
Me aferro a esa idea cuando otros confunden poder con permiso y creen que su lugar los autoriza a entrar en la esfera sagrada del otro.
Yo no puedo controlar su conducta, pero sí puedo custodiar la mía.
No llego a los lugares por casualidad.
Llego por camino recorrido, por decisiones tomadas, por trabajo sostenido.
No busco currículums extensos ni títulos de nobleza, porque sé que la legitimidad no se imprime en papel.
Busco dejar huella con el alma, aun sabiendo que esa marca no siempre es visible ni celebrada.
No le temo a nadie.
Y no porque me crea invulnerable, sino porque entendí que el miedo es una forma sutil de obediencia.
No le temo a la soledad si el precio de evitarla es ocupar tribunas poco genuinas, aplausos prestados o pertenencias vacías. Prefiero el silencio honesto a la compañía que exige renuncias íntimas.
Hay palabras que no acepto, gestos que no negocio.
y silencios que ya no pago con mi presencia.
No porque sea inflexible, sino porque tengo valores. Y los valores no se discuten cuando están bien arraigados; se viven.
Kant decía que la dignidad no tiene precio. No se intercambia por aprobación, ni por tranquilidad momentánea, ni por pertenencia. Cada vez que cedo en lo esencial para evitar un conflicto, algo en mí se empobrece.
No necesito levantar la voz para ser clara.
ni endurecer el gesto para ser firme.
mucho menos necesito demostrar a quien no quiere ver.
Con Nietzsche aprendí que quien tiene un porqué, puede soportar casi cualquier cómo. Mi porqué es simple: no traicionarme.
El respeto que me debo es el más exigente.
No admite excusas.
No tolera autoengaños.
Por eso, cuando no me respetan, no me pierdo discutiendo. Miro la escena, tomo nota y decido. A veces me quedo y marco el límite. A veces me voy. Ambas son formas de dignidad.
Simone de Beauvoir escribió que lo grave no es que el mundo sea injusto, sino que nos acostumbremos a ello.
Yo no quiero acostumbrarme.
La edad no viene sola.
Viene con una claridad que ya no necesita permiso.
No es resignación: es discernimiento.
Mi dignidad no es reactiva.
Es una construcción diaria, íntima, silenciosa.
Y cuando la sostengo, aunque incomode, sé que estoy en paz.
Porque al final del día, cuando todo calla, queda una sola pregunta:
¿me fui de mí o me quedé?
Yo elijo quedarme.
La luz en la raíz también se hereda.
Y yo sé de dónde viene la mía.
Gisela Quintero Lopez – Abogada – Compliance & Gobierno Corporativo

Brillante Dra.Lopez Quintero!!!
Muchas gracias!!!